Océano de Despedidas

     

 

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M

i casa es blanca, huele a flores, está llena de cajas de cartón. Hay un baño pequeño sin puerta y una terraza desde donde puedo ver la luna. Cuatro muñecas sentadas esperando a que les llegue un beso algún atardecer. En la nevera anclados, magnéticos seres diminutos cuchicheando al día y una  cama voladora que me transborda cada noche a un laberinto de titanes y ateneas.

En algún momento del día salgo a la ciudad y la avenida se llena de obstáculos. Las luces intermitentes salpican mis pupilas y el latir de los mortales me invita a desperezarme. Yo me mezclo con la muchedumbre y comienza el combate hacia  un drenaje linfático descompasado,  espectáculo visual y sonoro que engulle mi armonía.  Camino y sonrió,  empiezo a conectarme,  me convierto en  lo que soy  y avanzo con la música pegada a mis oídos para entender el nacimiento  del mundo.  Navego indulgente entre el gris del asfalto y la inmensidad del universo que habito.  Y me entrego ya sin batirme,  a la ciudad  perdida,  al océano de las despedidas,  al final de los cuentos.